domingo, 20 de abril de 2014

El oficio y las manos.

   "Si te sitúas en las alturas de cualquiera de las azoteas de Chinatown, y dejas el puerto a tu espalda, aparentemente solo te queda maravillarte con la hermosura de la gran pagoda que domina todas las vistas de la ciudad de Yangôn, pero el ajetreo en sus calles te obliga a mirar hacia abajo invitándote a perderte en su bullicio diario y es ahí, donde observarás las sonrisas de sus gentes y te perturbará la gratitud que muestran aquellos que siempre trabajan con sus propias manos. Caminarás perdido, te enamorarás de sus calles y, andando por ellas, descubrirás la cantidad de oficios que en nuestra cultura se quedaron en el camino. Myanmar abrió sus puertas y parecería, por la velocidad que promete, que pronto muchos de esos oficios caerán en el olvido."

   Como arquitecto voy aprendiendo sobre el valor que tiene saber trabajar en equipo y cuando me detuve por el sonido de la fragua de un herrero en Yangôn, me vino a la cabeza los golpes de los artesanos que esculpieron el pebetero de los juegos olímpicos del año 2012. ¡Se han firmado grandes maravillas hechas con las manos anónimas de muchos! Atrás dejé al herrero para llegar a un niño que ayudaba a su padre. Miró a mi cámara mientras terminaba alguna de sus muchas esculturas de buda para turistas. Su mirada desvelaba la necesidad para sobrevivir bajo un oficio en relación a sus materiales de trabajo. Cerca de este niño encontré una escuela donde los críos me hablaron de los oficios que estudiaban, que coincidían mayoritariamente con el de su padre. Yo también fui crío y en el colegio todos éramos hijos de algún oficio: la hija del herrero, la del panadero, el del albañil o el del bar, como este último era y es mi caso. El hecho de redescubrir está misma sensación de infancia a tantos kilómetros de casa sólo empequeñece el mundo. ¡¿Cuánta inocencia encierra la naturalidad con la que de niño se define a través del oficio de su padre?! Y ¿cuánto azar puede guardar la vida para evitarlo? 


   Dejé aquel país tras un buen desayuno en la azotea del último hotel. En mi cabeza se mezclaban referencias literarias de George Orwell con los primeros días en Bagan, la experiencia tan remota de andar entre cuatro, cinco, seis o muchísimas de sus pagodas y el descubrimiento del color rojo de la tierra seca bajo un sol omnipotente con reminiscencias a paisajes manchegos de mi infancia. Pero tal vez, lo más importante de ese viaje fue descubrir todo el gran repertorio en artesanía menuda que define el paisaje urbano de la ciudad de Yangôn, donde en estos tiempos felices con que la gente moderna de las ciudades eleva a condición de culto cualquier objeto de diseño industrial me lleva a pensar que resulta una herejía el simple hecho de pensar que alguien realmente quiera trabajar con sus propias manos.



Postal de Bagan aquí

viernes, 11 de abril de 2014

HELP! …y el trabajo os hace libres.

   Gobiernos ricos que encubren a modo de leyes auténticos campos de trabajos forzados, donde la necesidad humana por sobrevivir hace de la mano de obra, en su mayoría de Asia central y China, un ejército infinito lleno de personas desconocidas, héroes para sus familias, dispuestas a morir con las botas puestas al grito de help. Gobiernos ricos que venden paraísos perfectos mientras explotan a seres humanos por salarios mínimos y cuyos instructores denominan privilegios del trabajador. Gobiernos ricos que ni se inmutan al volver a mencionar aquello de que “trabajo os hace libres”. 
   Localizados en Doha, Bali y Singapur, ya son tres los edificios que guardaré en mi memoria como los más desagradables que he pisado en Asia. H E L P !


Cortesía del Archivo Nacional de Singapur.