sábado, 15 de noviembre de 2014

#2wTREE_007 - Thomas Heatherwick, cuestión de oficio.


"Learning Hub" en Nanyang Technology University.


                                          
"Así pues, el edificio no dispone de una puerta, es todo poroso.
Entrarás a un gran espacio compartido que unifica todo el conjunto"
Thomas Heathwick   

   El edificio estaba aún sin terminar. Yo entré, subí, bajé y salí por el lado opuesto a la entrada. Los paneles de hormigón prefabricado son todos diferentes, los paneles “in situ” también. Cada metro cuadrado de la obra tiene un detalle específico, tantos como si de una oda a la artesanía se tratase su nuevo diseño. Me recuerda a la arquitectura de Antoni Gaudí, quien fue capaz de hablar con naturalidad de cada uno de los oficios que definían sus edificios. 

   Mi compañero filipino es quien lleva este proyecto y, a mi entrada a la oficina, me pregunta como siempre que cómo estoy en perfecto castellano. Yo le respondo en tagalo que mabute (bien) y le pregunto si conoce personalmente al arquitecto y su obra. Me dice que sí y que es un hombre muy callado y accesible, pero de su obra no sabe nada más. A veces, Singapur también es así. 







    "Anteriormente la universidad fue el lugar al que veníamos porque tenía los ordenadores y/o los libros. Ahora podemos estar desde nuestra habitación con nuestro iPhone y trato con los diferentes profesores para obtener el doctorado. Entonces, ¿Cuál es el propósito de la universidad como edificio?”.- explicó Thomas Heatherwick su concepto del edificio en un discurso en el World Architecture Festival en Singapur el año pasado.
 
   En respuesta, la universidad quería disolver la relación tradicional entre el tutor y el estudiante, para fomentar un nuevo tipo de estudio colaborativo. "Los alumnos ya no quieren el modelo de un maestro en el frente de la clase. Esto es algo de lo que quieren alejarse por completo. Así pues, el edificio no dispone de una puerta, es todo poroso. Entrarás a un gran espacio compartido que unifica todo el conjunto".- dijo Heatherwick en su conferencia. 
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   Thomas Heatherwick (Londres, 1970) es un diseñador inglés, conocido por el uso innovador de materiales e ingeniería en monumentos y esculturas públicas. Lidera el Heatherwick Studio, un estudio de diseño y arquitectura fundado en 1994.
 
Este entrada es consecuencia del artículo "El oficio y las manos", el cual me ayudó a entender mi oficio de otra manera. Lo encontrarás aquí.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Historia de un contrato.

Recorte de prensa colgado en una de las habitaciones para huéspedes en la casa de Made Leno.

   Al llegar a Indonesia sé que no puedo estar en ningún otro lugar del mundo, podrían llevarme con los ojos tapados y nada más pisar uno de sus aeropuertos, en cualquiera de sus ciudades, sabría dónde estoy sólo por el olor dulce y picante de los cigarros de clavo y la esencia de frangipani.  Quizá es posible enamorarse de un país como de una persona, ver en él cosas que, por alguna razón, no encuentras en otros; conectar de forma especial, sentirte atraído por su carácter, haberlo vivido con una intensidad especial; países que se aprovechan de tu estado de embelesamiento para lograr que sus defectos te pasen desapercibidos y sus virtudes se te aparezcan siempre en el camino; lugares a los que estás pensando volver cuando todavía no los has abandonado. Indonesia es para mí ese país.

   Made Leno aprendió a tallar madera a una edad muy temprana, de su padre. Fue a la escuela de arte donde allí estudió dibujo. Cuando habla de su trabajo transmite la confianza de quien tuvo la habilidad técnica para producir todas las tallas en madera que se le propusiesen a diferentes escalas. Ha imaginado muchas estatuas simplemente viendo un tronco de madera y ha hecho realidad muchas de esas visiones con la ayuda de sus manos. Desde los dioses Siwa y Ghanesa, a los héroes de las grandes epopeyas hindúes como Rama y Hanoman. También ha tallado budas e, incluso, se ha atrevido con gente y animales comunes. Pero mucho antes de entrar de lleno en nuestra conversación, él me hace saber de la artrosis de sus manos que, al igual que otros compañeros de su gremio, le produce mucho dolor. Su carrera como artesano terminó también hace ya algún tiempo. Sobre la mesa tiene preparado el folleto de la exposición que realizó bajo las órdenes de un artista australiano, Rodney Glick. Su primera colaboración y su último trabajo artístico. Un recuerdo que aún tiene presente y que le supuso un debate interno muy intenso ya que tuvo que decidir entre la necesidad de cambiar las viejas tradiciones de su oficio, heredado de su familia, o la de modernizarse para poder pagar la educación superior a sus descendientes. Él dice haberlo superado ya mientras, al mismo tiempo, es capaz de contarme todas las emociones de aquellos días de trabajo con una gran cantidad de sensaciones perturbadoras. La encrucijada en la que estuvo inmerso Made Leno fue la misma que tarde o temprano atrapa a muchos artesanos de tradición. A veces resulta que las necesidades humanas son demasiadas para poder vencerlas todas juntas en esta vida y, en su caso, lo mejor que encontró fue desprenderse de lo aprendido. Nunca antes había firmado un contrato anteriormente para tallar piezas de madera y con su firma creyó asegurarse la felicidad de los suyos.

   Con el paso de los años Indonesia ha seguido siendo para mí el lugar especial de siempre, pero nuestra relación ha madurado, hoy se parece más a la de un matrimonio que ha perdido la chispa de la novedad, pero se sigue queriendo. No miro a los días pasados con melancolía, puede que para mí fueran tiempos llenos de aventura y emociones, pero eran tiempos duros para gente a la que aprecio. Nada es rutinario en mis regresos a Indonesia salvo por la forma en la que la imagen de aquellos dos compañeros que durante la construcción del aeropuerto de Bali sucumbieron en lágrimas de desesperación para contarme uno, el calvario que tenía para encontrar mano de obra especializada en soldar acero inoxidable en un país donde si hay un censo real, se coloca como el cuarto país más poblado del mundo y, el otro, la imposibilidad de pagarse un billete de avión al norte de Sumatra para ver a su hija de nueve meses que aún no conoce. Lágrimas que caían en la playa de Kuta mientras recuperaban los motivos para la esperanza. O, al menos, yo trataba de encontrarlos. En una batalla que a menudo veo perdida y en la que cada poco tiempo recupero las fuerzas gracias al coraje y la compasión que algunos hombres y mujeres muestran en mitad de la marabunta que supone el drama de la migración a la que se ven empujados millones de seres humanos, nacidos en las zonas más pobres del planeta y que huyen de la pobreza. Nunca pensé que Kuta, el lugar de mis primeras vacaciones después de decidir mudarme a vivir en el corazón del sudeste asiático, fuera a ser el decorado para mostrarme la melancolía que padecían mis compañeros. Desde esta playa siempre he contemplado algunos de los mejores atardeceres que he visto y es aquí, donde muchos jóvenes indonesios venidos de otros lugares llegan primero a pillar el color moreno y después a intentar saciar el sueño erótico balinés de satisfascer a una de las turistas japonesas de la temporada mientras muchos otros blancos se empeñan en hacer surfing con éxito escaso. Tener una novia japonesa es algo muy común para muchos de los que viven en la isla de Bali. Made Leno no es diferente a los otros que conozco. Entre las fotos que me enseña sobre su trabajo aparece una muy reciente. Muestra dos familias compartiendo risas durante una cena que escenificaba la historia de un rencuentro con la novia japonesa de su juventud. Ella soñó que él había muerto y emprendió un viaje familiar desde Tokio a Bali para ponerse en su búsqueda. Se rencontraron en el mismo lugar donde ahora yo me hallo, un pequeño pabellón restaurado de madera que Made Leno mandó traer desde Yogjakarta, el cual usa de salón de encuentro y comedor donde hablar con los diversos huéspedes que se acomodan en los diferentes pabellones de su casa. Ha caído la noche y bajo la techumbre se iluminan muchas de las tallas de madera que podrían servirme de pretexto para seguir escuchándole contar más historias. Planeamos mis visitas del día siguiente y nos despedimos hasta la mañana siguiente. Los ruidos de los animales me despertaron varias veces en medio del silencio de la noche.

Talla de madera hecha por Made Leno.
   Tiene Indonesia un lado oculto y primitivo que hace que sus gentes sean siempre impredecibles, un lado que me desconcierta, y, a la vez, me fascina. Lo mejor y lo peor de la condición humana se presentan a menudo de forma cruda en Indonesia, a diferencia de otros lugares donde nuestras virtudes y faltas, igualmente presentes, han sido maquilladas por el tiempo y pulidas por los convencionalismos. Indonesia ha sido testigo de la violencia más salvaje y Made Leno lo sabe. Su colaboración con Rodney Glick estaba dando sus frutos. Las estatuas que ambos generaban estaban gustando en las exposiciones que se realizaban en algunas galerías de Australia y Europa. Su relación cambió cuando saltó a las noticias la decapitación de un travestí indonesio en las calles de Jakarta. El artista australiano le pidió tallar al decapitado en posiciones diferentes para hacer lo que sería una exposición denuncia sobre este acontecimiento. Made Leno empezó con su trabajo. Los días pasaban y las primeras tallas iban llegando. El australiano  pareció obsesionarse más con la noticia y Made Leno empezó a sufrir pesadillas con sus tallas de madera. Las primeras reacciones se produjeron en su entorno más inmediato cuando sus amigos y compañeros dejaron de prestar atención a su obra. Más tarde fue la trascendencia que fue tomando unas críticas recibidas al exponer parte del trabajo en una pequeña galería de arte de Ubud. El grado de insatisfacción iba en aumento junto al delirio artístico del australiano, quien creyó que la necesidad de Made Leno de ofrecer una vida mejor a sus hijos ofreciéndoles una educación superior podría servirle como pretexto para exigirle más producción a cambio de un poco más de dinero. Nunca pensó en odiar tanto como estaba ocurriendo lo que había sido la gran pasión de su vida; tallar madera. Y con este sabor agridulce quiso poner final a la historia de su único contrato. Citó al australiano, explotó en cólera exponiendo sus motivos, rompió el contrato y abrió la puerta a otro estadio de su vida. Ese lado primitivo de Indonesia debe estar a la fuerza relacionado con el nacimiento salvaje de esta tierra, dividida en miles de islas que surgieron de la explosión hace miles de años de las entrañas de la Tierra. Debió ser un parto difícil y fueron tantas las islas resultantes que los líderes del mayor archipiélago del mundo siempre han tenido la curiosidad por saber cuántos pedazos de tierra tenían bajo sus dominios. Al principio el recuento lo hicieron los colonizadores holandeses sumando a dedo desde sus barcos y, claro, se dejaron miles de rocas por contar. Más tarde se envió a los cartógrafos en avionetas, desde donde iban anotando las islas que se veían desde lo alto y que parecieron ser unas 13.000. Avanzaron los aeroplanos y los medios de cartografía, se emplearon los más modernos sistemas de fotografía por satélite y se llegó a la conclusión de que Indonesia tiene exactamente, hasta un próximo recuento, 17.508 islas en las que viven cerca de 300 grupos étnicos y se hablan 583 lenguas y dialectos diferentes. 

   La explosión de Made Leno me sirvió para entender la mía propia en mi último trabajo. Dentro del avión de vuelta a Singapur, empecé a mirar por la ventanilla buscando muchas de esas islas indonesias con la tranquilidad de quien sabe ir encontrándose a modo de pedazos mientras abre la puerta correcta para seguir adelante en esta vida. 
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   La parte del texto escrito en azul pertenece al libro Hijos del Monzón de David Jiménez, a quien quiero agradecer personalmente el permiso que me ha dado para poder usarlo y servir de inspiración a la hora de cómo narrar esta historia. Muchas gracias desde Dhaka, Bangladesh.

  
Cercano al poblado de Ubud podrás alojarte en el hospedaje de Made Leno y disfrutar de su arte e historias.
La casa se encuentra en Banjar Tengkulak Tengah, Desa Kemenuh. Es la única de madera y todo el mundo lo conoce es su villa. Hoy es frecuentado por muchos arquitectos, ingenieros y artistas venidos de lugares muy distintos. Todos han escuchado a hablar de él. Todos disfrutan de la buena comida preparada por su mujer servida en la gran mesa de madera que domina el espacio de la recepción de su maravillosa casa.

   Conoce la primera parte de esta historia "The Power of Time Off".

lunes, 3 de noviembre de 2014

#2wTREE_006 - Yamamoto en un sótano de Bangkok.


Foto de Nicolas Guerin cortesía de Getty Images

"Japón es un país con recursos muy limitados. Su gente debe usar su conocimiento y
creatividad para sacar el máximo provecho de lo que tienen en estas circunstancias tan restrictivas"
Yohji Yamamoto.


   La primera vez que supe de Yohji Yamamoto fue a través de la película "Notas sobre ciudades y ropa", un documental sobre el modisto japonés realizado por Wim Wenders por encargo del Centre Pompidou de París en 1989. Wim Wenders es aquel director cinematográfico alemán que hacía recorrerme muchos de los cines de Madrid en busca de las proyecciones de sus películas y hasta tuve un día con suerte de encontrármelo en la esquina del Círculo de Bellas Artes en la calle de Alcalá andando con dos zapatillas de colores diferentes con cordones y suela blanca, lo que le daba ese toque indie suficiente para hacer  pasar desapercibida su avanzada edad. Se sacó una cámara fotográfica compacta del bolsillo y cazó el sol escondiéndose al fondo en la plaza de mismo nombre. Con los años yo también sé sobre la utilidad de viajar con cámara compacta, de hecho lo mío ya empieza a ser devoción. Cuando hace unos días atrás aterrizaba en Bangkok y cacé con mi cámara el cartel de la exhibición del modisto japonés en una de las calles de esa ciudad inconcebible, que por más que quiera cada vez que la visito la entiendo menos, allí me dirigí en taxi con toda mi inquietud armándome de paciencia por tener que lidiar con un taxista tailandés una vez más.

El cartel de la exhibición del modisto japonés.
    Yohji Yamamoto es un diseñador de moda japonés que viajó de París a Bangkok hace más de treinta años y quedó atrapado en la duda de cómo podría desarrollar su profesión en un lugar cuyo clima ofrece tan pocas variaciones de temperaturas. La monotonía en la ropa no deja de ser más que una frivolidad para los que sufrimos el calor del trópico y probablemente sea este el motivo que le sirviese para no volver nunca más a Bangkok, lo que no quita que su práctica laboral haya servido de influencia y positivismo a muchos diseñadores de moda de esta ciudad. Él es de los que saben vender su marca, y lo hace muy bien, empezando a hablar siempre de su infancia; desde el recuerdo que dice tener aún latente de la desaparición de su padre en una de las trincheras de La Segunda Guerra Mundial, hasta los esfuerzos de su madre como costura para sacarlo adelante en medio de las ruinas de una guerra que no había dejado rastro de lo que era la civilización japonesa. Esta experiencia tan temprana acabó por desatar una gran furia y cólera sacándole las energías necesarias para saber como poder afrontar su futuro. Las imágenes de un Tokio destruido por las bombas junto al traje de luto que usaba su madre fueron perfilando su sentido de estética para su trabajo. En ausencia de su padre, proteger a su madre se convierte en su gran responsabilidad, lo que fue clave en sus primeras creaciones de moda.  Yohji Yamamoto entendió que la mujer no sólo se puede limitar a llevar los uniformes de la época y consciente de la dureza de la vida, quiso proteger a las mujeres del tiempo, la mirada lasciva de los hombres y de la influencia del conformismo de la moda. Su momento de rebeldía ocurre en la tienda de ropa de su madre situado en Kabukicho, barrio rojo de Shinjuku, donde estaba expuesto a un bombardeo diario de mujeres bonitas compitiendo con sus encantos para ganarse a sus clientes. De ahí, su determinación para no recrear en sus trabajos el estereotipo de mujer japonesa dulce y sexy que el mundo desea. Las mujeres que frecuentaban la tienda de su madre querían ropa hecha a medida como las aparecidas en las revistas occidentales, pero para Yohji Yamamoto los patrones occidentales nada tenían  que ver la figura y proporción de la mujer japonesa. Estableció como norma general en sus diseños trascender en la línea tan rígida establecida entre la ropa formal clásica y la casual de esa era. Entonces, con esta visión lanzó su primera línea de ropa bajo el nombre de Y´s en 1972 y, poco tiempo después, aparecieron los “karasu-zoka”, los clientes y fans de su ropa, quienes visten sus creaciones negras, sobredimensionadas y casi sin forma.

·Quizá la moda y el cine tengan algo en común".
     En 1981 recibió una invitación junto a Comme des Garçons para mostrar su colección en París. Está en Occidente, ese lugar cuya ropa conocía gracias a las revistas que las llevaban a la tienda de su madre. Un lugar donde la ropa de mujer se hace con las medidas precisas para acentuar la forma femenina como la insinuación del escote con la línea del cuello o la definición de la línea de las caderas con prendas ajustadas. En París es consciente del valor de sus diseños, una manera de hacer donde el  espacio creado entra la ropa y la piel tiene tal holgura que se distingue así como diseñador de moda definiendo su marca personal, consecuencia de su experiencia vital en la infancia y posterior rebeldía hacia lo local. El interés que despertó con sus creaciones en Occidente le abrió la puerta a la magia de las colaboraciones y junto a Kawakubo e Issey Miyake revolucionaron el mundo de la industria de la moda japonesa. Su concepción de la moda como arte le llevó a exponer en el Centre Pompidou en 1989, quien encarga a Wim Wenders hacer un documental sobre Yohji Yamamoto y su mundo. En un momento de la película, el modisto japonés le dice al director alemán: “Quizá la moda y el cine tengan algo en común. Y hay algo más. Este film me da la oportunidad de encontrarme con alguien que ya había despertado mi curiosidad, y que además, ya había trabajado en Tokio”. De manera paralela a su línea de moda para hombre y mujer, va desarrollando colaboraciones para otras marcas como Hermès, Mikimoto y Mandarina Duck. Hizo diseño de vestuario para la compañía de danza de Pina Bausch y Takeshi Kitano. Incluso ha llegado a vestir al Real Madrid para la Liga de Campeones en esta temporada 2014-2015. Pero tal vez, sea la colaboración con Adidas la que más éxito e influencia ha tenido consolidándose en el mercado bajo la marca Y-3. Como resultado de todas estas sinergias producidas por las interacciones realizadas a cabo con otros artistas entiende el valor de la artesanía local japonesa y con ella satisface las necesidades de sus diseños. Materializa su producción al emplear fábricas locales pequeñas y familiares para así preservar el intangible patrimonio cultural inmaterial del que tanto aprendió ayudando desde pequeño a su madre. Para Yohji Yamamoto “la buena ropa debe ser producida por las manos de aquellos que verdaderamente entienden su propia creación”. Las ganas de explorar, buscar nuevos retos y encontrar nuevas posibilidades son razones que le hacen un diseñador de moda muy diverso. 

Fotograma de Notas sobre ciudades y ropa, de Wim Wenders.

   La exposición de Yohji Yamamoto en un sótano de Siam Center de la ciudad de Bangkok tiene todo para decir que fue la mejor manera de acabar mi temporada sabática visitando diferentes lugares durante mis tres últimos meses. Cada esquina, cada detalle de la exhibición recoge muchas de las conversaciones que he tenido a lo largo de mi viaje con gente de muchas partes distintas del planeta y sino fuera por esto, no hablaría de alguien quien es sobradamente conocido. Pero su infancia, rebeldía, visión laboral, influencia, interacción, localismo... son patrones comunes a muchas personas cuyo trabajo admiro. En el caso del trabajo de Yohji Yamamoto llega 12 años después de ver aquel documental de Wim Wenders, una película que en su día apenas entendí y que ahora con la visita a esta exposición me aporta la felicidad de saber que he cerrado un circulo más en lo que está siendo mi viaje. Un viaje que empezó con la admiración de las manos de los artesanos en una pequeña localidad de Myanmar. Sus productos eran muy singulares. Llenos de asimetrías e imperfecciones. Tal vez trabajar con las manos resulte algo muy local pero hay patrones que se repiten y conducen a lo que podriamos llamar una artesania global. 

(leer El oficio y las manos, aquí.)