jueves, 31 de julio de 2014

2wTREE - Happiness by design.

“2wTree, a tree in two different worlds" 

   During 2011, I was settled in Singapore and I could experiment how the sunlight is so different around many places of Asia. It was an enjoyable period for travels, photography and design. 

   I was really fascinated working and talking with people from so many different nationalities sharing knowledge and experience. Fortunately this experience gave me the availability to understand and take a cultural approach different to my original thinking. If I have to share things that I have learned in my life in Asia so far, one of them will be love the people that you work with.

Working Together

“We are not as colorful as we think we are”
   I made my first trip to Japan as an ignorant backpacker before reach to Singapore. My sensations were a bit contradictories: one hand, I felt so fascinated because of the colour of the sky but in other hand, I had the feeling that my photos were not really good enough to express my real emotions.

   Months later, I was in a conversation with Ms Narunya Kesmanee, an architect from Thailand who had have similar experience in Japan. She pointed that photography is extremely flexible and we should not forget that we can get an image in less than a second which it means that, if we use the advantages of the digital technology we should have the risk to dare to fail when we are involved in the design process of the image. She remarked about the importance to keep learning from our own faults to use them for making our work different. When we finished our conversation she invited me to visit Thailand, a land that I deeply love it, and we work together to create an image that later on we called “We are not as colorful as we think we are”.
 
   As a lesson learned, we think that there are so many frustrating and confusing things around us. So we guess that to make design matter we must design to enrich experience with emotion, authenticity and beauty.

viernes, 11 de julio de 2014

Los "Expats".

   Él se negaba a renunciar a su whisky, sus criados y sus jóvenes asiáticas por el aburrimiento y penalidades que había vivido en sus años en el Oeste. No le quedaban apenas vínculos con su familia y, con los años transcurridos, había aprendido a pensar por si mismo. El sudeste lo había corrompido. Llegó aquí cuando el opio se podía encontrar en cualquier lugar, desde una casa de una familia rica china hasta una mísera habitación de un simple trabajador de Asia central. Empezó a consumirlo por el dulce alivio que le ofrecía después de sudar tinta en un día de trabajo. Decía sentir alivio de sus dolores hasta el punto de dejarlo ensimismado. En aquel momento, se estimaba que un tercio de la población adulta de esta isla era adicta al opio, conocido como chandu entre los locales. La droga era cara y un trabajador de India o Bangladés podía llegar a pagar hasta dos tercios de su salario por ella. Con el tiempo, muchos de esos trabajadores quedaban reducidos a meras sombras de si mismos, corrompidos hasta llegar al punto de no poder trabajar. En aquellos años, el negocio del opio era muy lucrativo para el gobierno local, el cual monopolizaba el derecho a venderlo a cambio de una tarifa sustancial que aplicaba a aquellos que lo cultivaban. Así fue como él, al igual que otros pocos, pudieron hacer de una gran fortuna hasta que este sistema fue abolido pocos años después de su llegada, pero la droga continuó sin control sobre la población asentada en torno al río que daba nombre a la ciudad isla donde él vivía. Escenas como esta le resultaban más nativas que hablar de la misma España. Sus raíces se habían hundido profundamente en un lugar remoto del sudeste asiático y me prometió vivir en alguna sociedad más civilizada a mi despedida. 


   Me pidió dejarlo solo y yo volví de regreso a la playa. Todo continuaba preparándose para la gran fiesta. Las asiáticas de turno cocinaban satay y salchichas, y yo empecé a entonarme con el whisky. No había música pero, una vez más, la noche se prometía larga y frenética. La gente empezó a traer botellas. El lugar se llenó. Se escuchaban historias de la China y Australia. Viajes a lugares exóticos con colegas y recién conocidos. Había gente de todos lados y nadie parecía sentirse incómodo. Éramos los “expats”, los nuevos hijos de la Europa desempleada que lentamente en el Sudeste nos íbamos encontrando.