domingo, 24 de febrero de 2013

Que tengas suertecita.

    Si hay algo que no echo en falta en mi mundo laboral en inglés son los cojones. Y es que, todo sin cojones resulta más eficiente. Pero aunque sea ya ajeno a las conversaciones con cojones de por medio, aun las sigo reconociendo.

  Uno puede sentirse integrado en un ambiente diferente al suyo mientras come con los compañeros de trabajo en medio del bullicio y ajetreo del foodcourt de turno y otro puede estar comiendo enfrente de mí y observarme hasta no aguantar más para gritar lo que tal vez él considere como la palabra clave: "¡Eh, tú, ¿español?!" Así, tal cual, con esa declaración de simpleza que muestra aquel que parece salir de la cueva por primera vez.

   No me cabe duda de que cada uno es libre de ubicarse donde quiera, pero me produce aprensión cuando me topo con cierta arrogancia paisana por muy atractiva que me parezca la idea de que el chico sigue sus convicciones personales. Cada joven (y ya no tan jóvenes) que sale al exterior significa empobrecimiento del país. Algo que, a día de hoy, parece no inmutar ni a un solo político español. Yo crecí en un país con la etiqueta de en vías de desarrollo y el hecho de haber querido consolidarlo como desarrollado, a base de la cultura del pelotazo usada a marchas forzadas, parece haber proporcionado a algunos esa ingenuidad para ubicarse en cualquier sitio sin prestar atención a cuales son los ejercicios básicos a realizar antes de la llegada. Él mantuvo que, a pesar de no saber hablar inglés, conseguirá trabajo porque como buen español él es “de los que tiene cojones", como si de un símbolo de prosperidad certera se tratase eso, y que mientras su trabajo llega él seguirá de fiesta. Habló y habló sin parar hasta despedirnos sin yo oír algo referente al esfuerzo, sacrificio, lucha y/o disciplina. 


    En fin, que tengas suertecita.

martes, 5 de febrero de 2013

Soledad compartida, Katmandú.

    Amiga mía, saber ahora de ti es como un pequeño regalo. Aquella noche no hubo hoteles donde hiciera falta llegar, ni hubo nombres que conocer. A veces con pocas palabras basta. Aquí, los días pasan y pasan, sin novedades, sin entretenimientos, sin nada. Tan solo tormentas de arena y trabajo, mucho trabajo. Me encuentro en casa, sin tele, sin radio, sin música, sin libros, sin nada. ¡Y es que, en Qatar, mi vida es tan distinta! Recuerdo aquella película donde aparecía un hombre, un topógrafo solitario, trabajando por aquí y por allá. Vivía en una casa con apenas unos pocos muebles y un sólo libro. Una noche conocía a una mujer en algún lugar de la ciudad y, sin dirección, caminaban y caminaban sin querer agotar las horas. El final digamos que ha caído en mi olvido.

    Katmandú oscurece con la noche entre el olor a humo y verduras. No hay electricidad. El agua es marrón y las calles son ríos de gente. Hay faros de alguna moto y se oye el llanto de algún crío. Hay ruido, mucho ruido, y  vida, mucha vida. Mientras tú comías, yo simplemente reía. Tú reías y yo comía. La luz se agotó. Después caminamos y caminamos. Tú llegabas del Este y meditabas, yo venía del Oeste y preguntaba. Desde que te encontré allí noto mi vida similar a la de aquel personaje y, tras volver de aquel viaje, pensé en leer el mismo libro como él hacía. Ahora, con el pasar de los años, lo justo parecería escribir el mío.  

    Mientras tanto pues camino y camino.