domingo, 7 de diciembre de 2014

The Power of Time Off.


Ganesha, el díos elefante tallado en madera.

   La nueva terminal del aeropuerto de Bali ya está operativa y mi participación durante la construcción del edificio hace que en mi cara se dibuje una sonrisa. Durante el trayecto de avión he recordado historias que me contaron algunos compañeros de trabajo indonesios en la inspección final del proyecto. A ojos de los locales, esta isla tiene más de infierno que de paraíso a disfrutar como piensan la mayoría de extranjeros que la visitan. Una realidad que me afectó de manera inesperada hasta el punto de empezar a limitar los viajes de empresa con ese destino. Pero esta vez todo será diferente. Yo acabo de empezar mi sabático y tengo mi objetivo claro para satisfacer este sueño: conocer a varios artesanos de los que he oído hablar y viven un pueblo llamado Ubud en Bali. La artesanía de esta isla es algo que siempre me sorprendió y después de mi fascinación con el trabajo de varios artesanos en Myanmar volver aquí era algo obligatorio. La elección de una temporada sabática se debe a la inquietud que me generó el hecho de poder disfrutar una experiencia similar a la que realizó la ilustradora gráfica Julia Beamud, quien consolidó su marca Chatibuky durante los meses que duró su sabático en Reino Unido. El recuerdo de su aprendizaje es algo que me genera buen sabor de boca (lo puedes leer aquí). Ubud tiene además el atractivo de ser el mismo lugar que Stefan Sagmeister escogió para realizar una de sus temporadas sabáticas que dice hacer cada siete años para así regenerar sus ideas y obtener nuevas líneas de exploración para continuar desarrollando su trabajo como diseñador en su pequeño estudio de Nueva York. Desde que escuché su discurso, algo tremendamente arrollador para cualquiera que se preste a escucharlo, defendiendo el valor del tiempo libre y exponiendo claros ejemplos realizados en Ubud, no he tenido días vividos en Singapur que no hay tenido la tentación de dejar mis labores actuales para ponerme a explorar mis propias inquietudes por un tiempo determinado. La búsqueda de los lugares de los que habla en su discurso se convierte en una de las prioridades a mi llegada.

   La trama urbana de Ubud es relativamente básica. Se trata de dos calles principales conectadas entre sí por calles perpendiculares. Las aceras rara vez tiene más de un metro de anchura por lo que resultan fácil verse andando entre coches y motos, incluso crear atascos sin apenas darte cuenta mientras le preguntas al guardia de tráfico de turno. Las edificaciones que conforman las dos calles principales suelen ser de dos alturas en su mayoría. Detrás de ellas, los arrozales a modo patio interior y que sirven de vistas para muchos de los restaurantes que allí encuentras. El mercado central, las calles que le rodean y el famoso Monkey Forest (Bosque de los monos) definen el itinerario principal del pueblo. Todo esto es mi escenario tan sugerente para mis próximos cinco días. Un telón de fondo donde contrastar las historias que he ido escuchando tiempo atrás. Los días acompañan para saciar mi curiosidad y están siendo muy soleados. Me he alquilado la motocicleta típica para desplazarme más rápido. Salirme de la ruta turística que ofrece el pueblo satisface mi espíritu aventurero y me lleva a terrenos más realistas donde la vida se muestra bastante cruda, dura y seca. Por momentos, el fantasma del infierno balinés vuelve a mi cabeza y no me siento cómodo. Decido hacer la vista gorda y me meto en varias casas que almacenan objetos de artesiana en la entrada para preguntar por sus métodos de trabajo. Mi presencia es como la de un extraterrestre pero noto que más que incomodarles les agrada. Ellos me ofrecen sus contactos personales con la esperanza de hacer algunos negocios en el fututo cercano. Occidentales ha habido ya muchos por aquí y para los locales yo no dejo de ser otro blanco inofensivo más, de aquellos que disparan con su pequeña cámara fotográfica sin que a ellos les importe. Mientras me explican su trabajo empiezo a pensar que realmente he venido aquí para hablar con otro tipos de artesanos, tal vez más auténticos, pero lo que encuentro en los tres primeros días son tallas de madera sin nada relevante que me haga pensar que son especiales. Lo que veo no me satisface pero, al menos, me ayuda a entender el sistema de aprendizaje informal que usan como patrón. La mayoría de los talladores de madera me cuentan algo muy similar, aprenden sus habilidades de algún artesano bien establecido en la zona, a menudo un miembro de la familia o vecino, y ese conocimiento se lo pasan a sus sucesores. Las tallas con los motivos decorativos más interesantes proceden de lugares que me suenan a portugués y guerra, Timor Oriental. Lo que hace cuestionarme la existencia de una artesanía verdadera local. La gran preocupación en este negocio de venta y compra de grandes tallas de madera no es tanto el precio, el cual puede variar de la noche a la mañana en cuestión de minutos al negociar con los locales, sino el transporte al destino del comprador, debido a la desconfianza que genera en el comprador. Pero ellos siempre ofrecen el socorrido seguro de viaje por un puñado más de dólares.

    Al regresar a Ubud me encuentro algo cabizbajo e insatisfecho. La curiosidad de la noche se centra en saber donde escucharé las versiones de canciones de la música pop y rock de las bandas musicales con la que he crecido. Da igual en que parte de Bali te encuentres, es una norma aquí que las bandas de música locales siempre sepan darle ese toque especial y exótico a tus canciones favoritas. Ese será el mejor momento de la noche del que disfrutar de no sé bien cuantos gin-tonics. Hasta entonces me pongo a andar por una de sus calles y una tienda menuda de artesanía local llama mi atención. Desde afuera puedo ver los perros tallados en madera que Stefan Sagmeister dice usar como patas para la silla que diseñó durante su estancia en Ubud en colaboración con un artesano local, I Wayan Pasti. Una vez dentro, observo con detenimiento sus perros tallados en madera. Los detalles son exageradamente reales. La técnica mostrada en sus tallas es apuradísima. Sublime pero me cuesta encontrar su belleza. Aún así, me tomo todo el tiempo del mundo en descubrir lo máximo que pueda sobre este artista local. Saber de él me lleva a algo que ya intuía y la conversación se centra en las artrosis de sus manos. Parte de sus dedos ha perdido el cartílago en los extremos de sus huesos ronzándose directamente. Otra parte ha disminuido la viscosidad del líquido sinovial y algunos huesos han reaccionado estimulando su crecimiento lateral. Todo ello le produce dolor. Un dolor que le obligó a jubilarse años antes de lo provisto. El año de su jubilación parece contradecirse con el año de la estancia de Stefan Sagmeister en Ubud. El temor que me genera la posibilidad de que la historia que cuenta en el video no sea del todo cierta me obliga a dar un giro al viaje y dar por zanjada esta parte del viaje. Me centro en conocer a un indonesio recomendado por un amigo de la universidad, alguien a quien no veo frecuentemente pero que cuando se cruza por mi camino sus comentarios se convierten en mis futuras experiencias vitales. Algo que se viene repitiendo intensamente desde hace ya bastante tiempo.

    Mi nuevo objetivo tiene nombre: Made Leno, quien vive en Kemenuh cerca de Ubud. Montado en moto una vez más me dirijo a su búsqueda.

Made Leno con gafas en la parte central.

                            Sobre la historia de Made Leno, leer "Historia de un contrato" aquí

5 comentarios:

  1. Joder, creí estar leyendo un cuaderno de viaje, que lo es. A partir de este texto podría salir un buen libro. Tengo envidia de como escribís algunos, ya me gustaría a mí también. En todo caso, aprecio y disfruto tu texto.

    Eustaquio Villanueva.

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  2. I do like it a lot! Y me gusta mucho lo que escribes y cómo lo escribes. Inspiring!

    Alfonso.

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  3. Muy buen texto, tocayo. Me ha encantado. He podido transportarme contigo. Las reflexiones también son geniales. ¡Enhorabuena!

    Miguel Ángel Calero.

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  4. Procuro no leerte mucho porque me da envidia. jajaja... ¡Es broma! Comparto contigo lo del valor del time off. Es un lujo para mi mucho más valioso que otras cosas. Algún día cogeré la mochila y me daré el lujo de viajar ligero y sin prisa. Pero ahora el cuerpo nos pide lo contrario. Llevamos dos años demasiado ligeros, casi con lo puesto, con la sensación de estar de paso. Queremos asentarnos aquí, en Canada. Un proceso largo y nada fácil. Pero totally worth it!

    Anónima (pero conocida).

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  5. Leerte me transporta al tiempo de los viajeros autenticos. Siempre digo que viajar es lo único que se puede pagar con dinero y que te hace más rico.
    Un saludo.

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