lunes, 10 de noviembre de 2014

Historia de un contrato.

Recorte de prensa colgado en una de las habitaciones para huéspedes en la casa de Made Leno.

   Al llegar a Indonesia sé que no puedo estar en ningún otro lugar del mundo, podrían llevarme con los ojos tapados y nada más pisar uno de sus aeropuertos, en cualquiera de sus ciudades, sabría dónde estoy sólo por el olor dulce y picante de los cigarros de clavo y la esencia de frangipani.  Quizá es posible enamorarse de un país como de una persona, ver en él cosas que, por alguna razón, no encuentras en otros; conectar de forma especial, sentirte atraído por su carácter, haberlo vivido con una intensidad especial; países que se aprovechan de tu estado de embelesamiento para lograr que sus defectos te pasen desapercibidos y sus virtudes se te aparezcan siempre en el camino; lugares a los que estás pensando volver cuando todavía no los has abandonado. Indonesia es para mí ese país.

   Made Leno aprendió a tallar madera a una edad muy temprana, de su padre. Fue a la escuela de arte donde allí estudió dibujo. Cuando habla de su trabajo transmite la confianza de quien tuvo la habilidad técnica para producir todas las tallas en madera que se le propusiesen a diferentes escalas. Ha imaginado muchas estatuas simplemente viendo un tronco de madera y ha hecho realidad muchas de esas visiones con la ayuda de sus manos. Desde los dioses Siwa y Ghanesa, a los héroes de las grandes epopeyas hindúes como Rama y Hanoman. También ha tallado budas e, incluso, se ha atrevido con gente y animales comunes. Pero mucho antes de entrar de lleno en nuestra conversación, él me hace saber de la artrosis de sus manos que, al igual que otros compañeros de su gremio, le produce mucho dolor. Su carrera como artesano terminó también hace ya algún tiempo. Sobre la mesa tiene preparado el folleto de la exposición que realizó bajo las órdenes de un artista australiano, Rodney Glick. Su primera colaboración y su último trabajo artístico. Un recuerdo que aún tiene presente y que le supuso un debate interno muy intenso ya que tuvo que decidir entre la necesidad de cambiar las viejas tradiciones de su oficio, heredado de su familia, o la de modernizarse para poder pagar la educación superior a sus descendientes. Él dice haberlo superado ya mientras, al mismo tiempo, es capaz de contarme todas las emociones de aquellos días de trabajo con una gran cantidad de sensaciones perturbadoras. La encrucijada en la que estuvo inmerso Made Leno fue la misma que tarde o temprano atrapa a muchos artesanos de tradición. A veces resulta que las necesidades humanas son demasiadas para poder vencerlas todas juntas en esta vida y, en su caso, lo mejor que encontró fue desprenderse de lo aprendido. Nunca antes había firmado un contrato anteriormente para tallar piezas de madera y con su firma creyó asegurarse la felicidad de los suyos.

   Con el paso de los años Indonesia ha seguido siendo para mí el lugar especial de siempre, pero nuestra relación ha madurado, hoy se parece más a la de un matrimonio que ha perdido la chispa de la novedad, pero se sigue queriendo. No miro a los días pasados con melancolía, puede que para mí fueran tiempos llenos de aventura y emociones, pero eran tiempos duros para gente a la que aprecio. Nada es rutinario en mis regresos a Indonesia salvo por la forma en la que la imagen de aquellos dos compañeros que durante la construcción del aeropuerto de Bali sucumbieron en lágrimas de desesperación para contarme uno, el calvario que tenía para encontrar mano de obra especializada en soldar acero inoxidable en un país donde si hay un censo real, se coloca como el cuarto país más poblado del mundo y, el otro, la imposibilidad de pagarse un billete de avión al norte de Sumatra para ver a su hija de nueve meses que aún no conoce. Lágrimas que caían en la playa de Kuta mientras recuperaban los motivos para la esperanza. O, al menos, yo trataba de encontrarlos. En una batalla que a menudo veo perdida y en la que cada poco tiempo recupero las fuerzas gracias al coraje y la compasión que algunos hombres y mujeres muestran en mitad de la marabunta que supone el drama de la migración a la que se ven empujados millones de seres humanos, nacidos en las zonas más pobres del planeta y que huyen de la pobreza. Nunca pensé que Kuta, el lugar de mis primeras vacaciones después de decidir mudarme a vivir en el corazón del sudeste asiático, fuera a ser el decorado para mostrarme la melancolía que padecían mis compañeros. Desde esta playa siempre he contemplado algunos de los mejores atardeceres que he visto y es aquí, donde muchos jóvenes indonesios venidos de otros lugares llegan primero a pillar el color moreno y después a intentar saciar el sueño erótico balinés de satisfascer a una de las turistas japonesas de la temporada mientras muchos otros blancos se empeñan en hacer surfing con éxito escaso. Tener una novia japonesa es algo muy común para muchos de los que viven en la isla de Bali. Made Leno no es diferente a los otros que conozco. Entre las fotos que me enseña sobre su trabajo aparece una muy reciente. Muestra dos familias compartiendo risas durante una cena que escenificaba la historia de un rencuentro con la novia japonesa de su juventud. Ella soñó que él había muerto y emprendió un viaje familiar desde Tokio a Bali para ponerse en su búsqueda. Se rencontraron en el mismo lugar donde ahora yo me hallo, un pequeño pabellón restaurado de madera que Made Leno mandó traer desde Yogjakarta, el cual usa de salón de encuentro y comedor donde hablar con los diversos huéspedes que se acomodan en los diferentes pabellones de su casa. Ha caído la noche y bajo la techumbre se iluminan muchas de las tallas de madera que podrían servirme de pretexto para seguir escuchándole contar más historias. Planeamos mis visitas del día siguiente y nos despedimos hasta la mañana siguiente. Los ruidos de los animales me despertaron varias veces en medio del silencio de la noche.

Talla de madera hecha por Made Leno.
   Tiene Indonesia un lado oculto y primitivo que hace que sus gentes sean siempre impredecibles, un lado que me desconcierta, y, a la vez, me fascina. Lo mejor y lo peor de la condición humana se presentan a menudo de forma cruda en Indonesia, a diferencia de otros lugares donde nuestras virtudes y faltas, igualmente presentes, han sido maquilladas por el tiempo y pulidas por los convencionalismos. Indonesia ha sido testigo de la violencia más salvaje y Made Leno lo sabe. Su colaboración con Rodney Glick estaba dando sus frutos. Las estatuas que ambos generaban estaban gustando en las exposiciones que se realizaban en algunas galerías de Australia y Europa. Su relación cambió cuando saltó a las noticias la decapitación de un travestí indonesio en las calles de Jakarta. El artista australiano le pidió tallar al decapitado en posiciones diferentes para hacer lo que sería una exposición denuncia sobre este acontecimiento. Made Leno empezó con su trabajo. Los días pasaban y las primeras tallas iban llegando. El australiano  pareció obsesionarse más con la noticia y Made Leno empezó a sufrir pesadillas con sus tallas de madera. Las primeras reacciones se produjeron en su entorno más inmediato cuando sus amigos y compañeros dejaron de prestar atención a su obra. Más tarde fue la trascendencia que fue tomando unas críticas recibidas al exponer parte del trabajo en una pequeña galería de arte de Ubud. El grado de insatisfacción iba en aumento junto al delirio artístico del australiano, quien creyó que la necesidad de Made Leno de ofrecer una vida mejor a sus hijos ofreciéndoles una educación superior podría servirle como pretexto para exigirle más producción a cambio de un poco más de dinero. Nunca pensó en odiar tanto como estaba ocurriendo lo que había sido la gran pasión de su vida; tallar madera. Y con este sabor agridulce quiso poner final a la historia de su único contrato. Citó al australiano, explotó en cólera exponiendo sus motivos, rompió el contrato y abrió la puerta a otro estadio de su vida. Ese lado primitivo de Indonesia debe estar a la fuerza relacionado con el nacimiento salvaje de esta tierra, dividida en miles de islas que surgieron de la explosión hace miles de años de las entrañas de la Tierra. Debió ser un parto difícil y fueron tantas las islas resultantes que los líderes del mayor archipiélago del mundo siempre han tenido la curiosidad por saber cuántos pedazos de tierra tenían bajo sus dominios. Al principio el recuento lo hicieron los colonizadores holandeses sumando a dedo desde sus barcos y, claro, se dejaron miles de rocas por contar. Más tarde se envió a los cartógrafos en avionetas, desde donde iban anotando las islas que se veían desde lo alto y que parecieron ser unas 13.000. Avanzaron los aeroplanos y los medios de cartografía, se emplearon los más modernos sistemas de fotografía por satélite y se llegó a la conclusión de que Indonesia tiene exactamente, hasta un próximo recuento, 17.508 islas en las que viven cerca de 300 grupos étnicos y se hablan 583 lenguas y dialectos diferentes. 

   La explosión de Made Leno me sirvió para entender la mía propia en mi último trabajo. Dentro del avión de vuelta a Singapur, empecé a mirar por la ventanilla buscando muchas de esas islas indonesias con la tranquilidad de quien sabe ir encontrándose a modo de pedazos mientras abre la puerta correcta para seguir adelante en esta vida. 
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   La parte del texto escrito en azul pertenece al libro Hijos del Monzón de David Jiménez, a quien quiero agradecer personalmente el permiso que me ha dado para poder usarlo y servir de inspiración a la hora de cómo narrar esta historia. Muchas gracias desde Dhaka, Bangladesh.

  
Cercano al poblado de Ubud podrás alojarte en el hospedaje de Made Leno y disfrutar de su arte e historias.
La casa se encuentra en Banjar Tengkulak Tengah, Desa Kemenuh. Es la única de madera y todo el mundo lo conoce es su villa. Hoy es frecuentado por muchos arquitectos, ingenieros y artistas venidos de lugares muy distintos. Todos han escuchado a hablar de él. Todos disfrutan de la buena comida preparada por su mujer servida en la gran mesa de madera que domina el espacio de la recepción de su maravillosa casa.

   Conoce la primera parte de esta historia "The Power of Time Off".

11 comentarios:

  1. ¡Qué envidia me das! Ya sabes que yo leo alguna cosilla de tu blog. No me entretengo mucho en meterme por falta de tiempo. ¿Te das cuenta de todo lo que estás viviendo para luego contar a tus nietos junto a la chimenea? Estoy esperando el libro físico y contribuir a que sea un best seller. Por supuesto con dedicatoria personal y firmado por el autor. Ya te he dicho alguna vez que me encanta tu forma de narrar.

    Besos,
    Lola Córdoba.

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  2. ¡Olé Made y olé tú! ¡Bravo, qué bien escribes tronco! Me gusta de veras.
    Alfonso.

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  3. Una historia de esas que te dejan preguntándose una misma sino es fruto de la imaginación. En este caso la tuya, porque la realidad no puede ser tan conmovedora...o lo es. Enlazar las dos historias hacen sentir aún mas cada una de ellas.

    Teresa Rivas.

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  4. El texto está genial, explicado con una narrativa que le va como anillo al dedo a la historia y muy evocador. Una gran idea lo de mezclarlo con el libro de David Jimenez, que por cierto ya he empezado, aunque todavía no he llegado al capitulo de Indonesia.

    Un abrazo guapetón,
    Miguel Calero.

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  5. Dichoso tu q estas conociendo esos mundos. Me encanta leerte.
    Un besazo.
    Loren

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  6. Acabo de abrilo en el móvil y me he encontrado la reflexión de David Jímenez sobre el amor a Indonosia. Eso me quedó grabado de Hijos del Monzón. Miguel Calero me dijo lo mismo. Os apasiona Indonesia. Aunque lo entiendo. Saliendo del circuito turístico, ves gentes formidables. Y es brutal la diversidad. Me queda pendiente una vuelta mayor por el país y por Sumatra y Borneo... Malasia sigue pareciéndome ni fu ni fa. No entiendo cómo tiene tanto turismo.

    Luis Garrido.

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  7. Pues mira, Luis, yo creo que si por algo nos gusta Indonesia es por lo que dice David Jiménez y Miguel ha puesto en la entrada como la clave: la vida y la muerte, las múltiples capas de la cebolla de una sociedad civilizada, que en nuestro país y en otros que he visitado están enterradas bajo capas y capas de convecionalismo, se muestran de una manera mas viva en Indonesia, al menos yo lo percibo. Luego la diversidad natural, cultural y étnica también es clave, Indonesia es un país de países, es casi un milagro que haya permanecido unido tanto tiempo. ¿Cuántos países conoces donde "la mayoría cultural y etnica" (los javaneses) "sólo" supongan el 40% de la población y otro 40% pertenezca a etnias con menos de un 2% de la población? Supongo que algún país de África central si acaso y poco más. Es que vaya mezcla....como para no quedar impresionados.

    Un abrazo,
    Miguel Calero.

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  8. Aprender del padre-hijo-nieto, esa es la tradición que pasa a siguientes generaciones, mejoradas o no. Las manos, tan útiles siempre, son la manos talles o no madera, piedra o hagan una fisura para abrir un pecho y operar a corazón abierto, sacarlo y poner otro, y decir que es un milagro... El milagro es que haya personas capaces de crear a través de las manos (en este caso) y otros ojos admiren lo tallado o lo critiquen según los gustos hasta el punto que con el tiempo se padece de dolor, de un estado al que se llega por haber machacado tanto las manos, una vida dedicada a trabajar con las manos. Todos trabajamos con contrato y los que no lo tienen, lo quieren o no, nadie es libre de ejercer su trabajo, lo que conlleva una serie de normas, agachar la cabeza es la principal, y hoy en día seguimos así, diciendo si a nuestros superiores porque si dices no ya sabes lo que hay. En esta sociedad donde los importante es ganar dinero sin importarnos lo que realmente merece la pena, ganar dinero y querer más para comprar los vaqueros más caros y las zapatillas de última generación, el último móvil,… Gente que trabaja para eso, porque somos así, animales para consumir y cuando te encuentras a alguien que trabaja para comer o pagarse un billete de avión para ver a su hija que no conoce, entonces nos sorprendemos... Nos sorprende que haya gente que diga "yo trabajo para comer y llegar a fin de mes”. Es absurdo esta sociedad tan bien estructurada, cada vez más jodida con los que no tienen nada, ¿se merecen no tener nada?, quién sabe, ¡¿verdad?! Tú luchas todos los días para conseguir lo que quieres a pesar de las normas que hay escritas en tu contrato, porque tu contrato no dice lo que vas a ganar o las condiciones, dice lo que tienes que callar y parece que encima tengas que dar las gracias por trabajar, ¿es el sentido del adulto en este caso? Muy pocos privilegiados eligen y pagan billetes de avión para ir a buscar un antiguo amor, otros ni siquiera pueden besar a su hija. Obedecemos al jefe en todos sus caprichos obsesivos, en este caso por el asesinato de un transexual. Nos sorprende eso,"el transexual" y no la persona asesinada llámese Manuel-Raquel como dice aquella canción de tango. Somos homosexuales luchando por nuestros derechos, sus derechos de contrato en esta sociedad hipócrita que esconde la cara, dentro de nada en los contratos pondrán casillas para marcar la "x" de nuestra condición sexual y la de heterosexual ganará porque el contrato es eso, una sumisión para poder pagar billetes de avión.

    Un beso fuerte,
    Esther Castaño.

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  9. Miguel, no hay problema, siempre que me atribuyas los fragmentos que cites. Me honra que Hijos te haya inspirado. ¡Suerte con el libro!

    David Jiménez.

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  10. Joder Maik nunca te había leído!!!! Me ha encantado!!! Madre mía y hace 8 años estabas en "los bajos" de un barrio de Madrid viviendo el momento álgido del "Marca España" en forma de ladrillazo..., los inicios de "La gran mentira de país"..., que bien escribes, ponle mi voz a tu blog y estamos en discovery max, déjate de textil!!!! Jajajaja

    Alberto.

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  11. ¡Por fin! He terminado de leer el texto de tu bloc .Me ha parecido buenísimo.Sigue deleitándonos con estos escritos.

    Carmina Guijarro.

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