domingo, 13 de enero de 2013

El último viaje.

    Una mujer coloca un calendario con la foto de su rey en el salón de su casa con tanto mimo que quien observa diría que esa fuese la primera vez que lo hace pero lo cierto es que lo tiene todo ya casi forrado con esa imagen. Un hombre mayor compra un desayuno de sabor exquisito en el puesto callejero cerca de su hogar. Hay quien indirectamente invita a charlar sobre diseño en el hotel de moda de otra ciudad. Una pareja recorre unos jardines que sufren del exceso de dinero de su dueño. Otras son aquellas chicas que buscan fortuna entre miseria con la que regresar algún día a la tierra de sus padres. Otros son occidentales que creen triunfar hasta en sillas de ruedas. Aquellos otros que recuerdan cuando compraron billetes de avión para volver los fines de semana a achicar el agua de su país inundado. Esa familia que se reúne entera para disfrutar de la comida en la calle un día de domingo. Aquel niño que ríe persiguiendo lagartos escondidos en el agua y otro simplemente se emociona buscando el camino de aquellos templos en ruinas del que alguna vez le hablaron. Y, mientras tanto, todo se unifica con las calles del país repletas de banderas tailandesas hasta la eternidad. 

    He visitado de tantos modos diferentes estos lugares que el último viaje fue sencillamente como sentirme huérfano de país.


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