miércoles, 23 de enero de 2013

Annapurna, aquello del vivir.


   Llego a una planicie expectantemente oscura. Intuyo la silueta de algo brutalmente gigantesco. Segundos más tarde, la luz empieza a existir delante de mí y aparece la bestia rocosa de la que hablábamos los días anteriores. El silencio acorrala mi mente. Me siento tan pequeño, tan débil y tan miserable que da hasta vergüenza el simple hecho de contemplar. ¡Qué ridícula resulta cualquier preocupación por el pasado!. 

    Entre tanto cruce cómplice de miradas tomó un café, con la duda de si hay que hablar seriamente de algo ya. Voy de aquí a allá para volver de allá a aquí y, la verdad, no sé bien lo que hacer una vez llegado de nuevo aquí, pero en ese espectacular momento de confusión, es cuando agarro a mi guía del brazo, lo dirijo a la gran vista y con el pensamiento desorbitado le digo: “¡No sabes lo afortunado que eres con disfrutar esto casi a diario!”. Y él, con la tranquilidad del que repite una frase de manera mecánica, responde “Para ti la mitad de los Himalayas, yo me quedo con la facilidad de viajar que ofrece tu pasaporte. ¿Acaso crees que yo no quiero visitar Roma o, tal vez, París?  

    Así desperté enfrente del Annapurna Sur y, al bajar de allí, vivir empezó a ser sencillamente otra cosa.   

2 comentarios:

  1. Algunas veces nos damos cuenta de que nadie, por suerte, tiene o tenemos la creencia absoluta.

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  2. Además de lo absurdo que resulta defender los nacionalismos.

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